Archivo de la etiqueta: galerías

Y dicen que 20 años (del metro de Bilbao) no son nada

billete-metro-promocional-inuguracion-noviembre-1995

El 11 de noviembre de 1995 Bilbao se reinventa. Todo por culpa del metro. La inauguración del suburbano tuvo puntualidad británica, organización alemana y precisión suiza. Cerca de 1.200 invitados y 200 periodistas ocupaban los andenes cuando a las 11.00 horas el primer convoy hacía su entrada en las galerías subterráneas. El trayecto, de ida y vuelta, discurrió entre Moyua y Sarriko, esta última una estación que no se contemplaba en el proyecto original —fue incorporada posteriormente con los mismos trazos de Foster—, pero que se ha convertido en la más emblemática de la Línea 1. Causó el éxtasis. De regreso al centro de la capital, la comitiva abandonó el metro en Abando y recorrió a pie el puente de El Arenal hasta alcanzar el Teatro Arriaga, sede del acto oficial y de los discursos. Han pasado ya 20 años de aquellos fastos.

Con la inauguración del metro, Bilbao y el País Vasco en su conjunto, veían, por fin, cumplido un viejo sueño y una aspiración remota. En 1995 el metro es una realidad, y miles de personas quisieron comprobarlo por sí mismas desde el primer momento. El gigantismo del proyecto —el concepto faraónico del que se hablaba ya por entonces- se superó por el entusiasmo y la ilusión que el proyecto despertó en la población. Si algo quedó claro en la ceremonia inaugural —ampulosa en su concepción y de un gusto impecable con 1.200 invitados— es que el mérito es de todos.

El metro de Bilbao es fruto de la voluntad de las instituciones que supierona arrinconar el partidismo para contribuir a un proyecto emblemático de indudable interés social. La iniciativa suposo una oportunidad única para demostrar al exterior que en Euskadi -pese a la presencia terrorista- se pueden hacer grandes cosas. La ubicación del metro en la capital vizcaína no responde al capricho ni a la casualidad; más bien se debe contemplar como una de las pocas salidas posibles para una ciudad superpoblada, colapsada por un tráfico imposible y con unos accesos por carretera al limite de su capacidad. Lo decisivo en esta importante obra es su impacto positivo en el transporte urbano y en la accesibilidad al centro de la villa de Don Diego. Según las estimaciones de Metro Bilbao, 154.424 coches más al día circularían por las carreteras cercanas a la villa, que arrojarían a la atmósfera 45.000 toneladas de CO2.

En dos décasdas de funcionamiento el metro se ha convertido, tanto a nivel simbólico como práctico, en la imagen del nuevo Gran Bilbao, de un área densa donde viven casi un millón de personas que entró en el cambio de siglo empeñada en dejar atrás su ilustre, pero acabado, pasado siderúrgico y sustituirlo por un modelo económico y social más abierto y menos dependiente. El museo Guggenheim es el gran icono de Bilbao, una ciudad que en en estos veinte años se ha convertido en un referente internacional y uno de los mejores ejemplos de reconversión urbanística del mundo. Sin embargo, el eje central de esta renovación tiene como pilar fundamental la mejora en las infraestructuras. La transformación del aeropuerto, con el sello inconfundible de Santiago Calatrava, y la puesta en marcha del Metro, que lleva la firma de Norman Foster, son las bases de esta gran mutación. Lejos de concebirse como un acto decorativo, el cambio revoluciona la vida de sus habitantes, que experimentan una notable mejora. Bilbao renace al mismo tiempo que las galerías del suburbano se pueblan de viajeros gracias a un proyecto sumamente original, sencillo y eficaz. Sin duda alguna, el principal motor de la renovación urbanística.

Una relevancia que ha sido corroborada por sus habitantes en cuantas encuestas se les han realizado: el metro, además de ser definido como el medio de transporte más eficaz para aliviar unas comunicaciones saturadas, es valorado por su efecto dinamizador de la actividad urbana, por su positiva incidencia sobre la calidad de vida y el medio ambiente y por su influencia modernizadora sobre el entorno. Desde que se inauguró el primer servicio en noviembre de 1995, no ha habido una actuación pública e institucional que haya concitado semejante unanimidad sobre su rentabilidad social y su carácter estratégico. Los cerca de 1.352.756.501 de viajeros -tantos como habitantes tiene China- explican mejor que nada su arraigo.

El metro, fruto de la necesidad y nunca del capricho, es sin duda la mejor solución para un área superpoblada que quiere avanzar hacia su conversión en una moderna conurbación. Un aliado fiel del nuevo proyecto de Gran Bilbao y una pieza básica para el desarrollo y regeneración de localidades y zonas que, tras largos años de decadencia, intentan apuntalar su recuperación y asegurar su porvenir.

El metro de Moscú, un viejo fascinante y muy atractivo que ya ha cumplido los 80 años de vida

galerias-metro-de-Moscu

“Todo el mundo quisiera vivir largo tiempo, pero nadie querría ser viejo”. La frases de Jonathan Swift, el escritor satírico irlandés autor, entre otras obras, de ‘Los viajes de Gulliver’ se aplica como un guante a una mano al metro de Moscú. Recién cumplidos los 80 años (15 de mayor de 1935), tiene por delante aún mucha vida y mucho camino por recorrer. Su provecta edad apenas es perceptible y se mantiene como un importante atractivo de la capital moscovita, y el sistema de transporte más visitado del mundo.

Sin lugar a dudas, el Kremlin es el destino preferido para los visitantes de Moscú. La visita, además, merece la pena. Pero si hay otro lugar que merece la pena examinar y conocer, tampoco hay titubeos: el metro. Conscientes de su popularidad, las autoridades rusas apenas han retocado las estaciones más antiguas, que conservan mármoles, lámparas, frescos, arcos, grabados, barandillas y bancos de madera como si aún se mantuvieran en los años 40 del siglo pasado.

Una buena parte de sus estaciones son auténticas obras de arte que en nada desmerecen a cualquiera de los palacios de la época zarista. en especial su línea circular, que incluye auténticos museos subterráneos como Kíevskaya, Komsomólskaya y Novoslobódskaya. Los turistas se concentran en las galerías del metropolitano para fotografiar sus salones, que incluyen cristaleras y rosetones policromados, como si se tratara de una catedral gótica. Desde la mirada más occidental, sorprende que se conserve intacta toda la simbología del convulso periodo comunista; la hoz, el martillo y las escenas revolucionarias, al más puro estilo del realismo socialista, con retratos de Lenin y otros líderes de la antigua URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas).

Nueva York o París disponen de un transporte metropolitano más grande, pero no resisten ninguna comparación en cuanto al valor artístico y arquitectónico de las galerías. Inaugurado en 1935, el monumental metro moscovita tiene más de 300 kilómetros de longitud y cerca de 200 estaciones, de las que 44 han sido catalogadas como patrimonio cultural. Los interminables atascos de la capital moscovita en días laborables convierten, además, el metro es la mejor opción para trasladarse por la ciudad, ya que cruza el centro la ciudad en apenas media hora.

Sorprende también la profundidad de algunas de las estaciones principales. Las escaleras mecánicas llegan a bajar hasta los 63 metros. La razón de este notable calado hay que buscarla en los orígenes de la Guerra Fría, ya que fueron ideadas además como refugio en caso de guerra nuclear, química o biológica, amenaza muy latente en esos tiempos de tacticimos entre los dos bloques antagónicos capitalista-comunista.

El metro es limpio, como pocos en el mundo (quizá el de Tokio) y eso que apenas si hay papeleras, que se eliminaron de la mayor parte de los trayectos por miedo a atentados terroristas. La presencia policial es constante, lo que da sensación de seguridad. Y es el lugar ideal para apreciar la multiculturalidad de la sociedad rusa y su diversidad étnica -rusos, caucásicos, siberianos y centroasiáticos- y disparidad social.

También resulta muy atractivos los mosaicos, en especial aquellos que se pueden contemplar en Kíevskaya, que incluye escenas revolucionarias como la fundación de la URSS. En Komsomólskaya resultan aún más espectaculares, si cabe, y es posible recordar la intervención de Lenin en la Plaza Roja o la batalla de Borodinó contra el Ejército de Napoleón en 1812. Es en una de las estaciones preferidas de los turistas.

No todo consiste en turismo. Construido para trasladar a la clase trabajadora, el metro sigue siendo el transporte preferido por los moscovitas. Recibe a diario a más de 9 millones de pasajeros, más que el de Tokio.