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El tren de Larrun cumple 90 años

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Noventa años. El tren de Larrun es uno de los pocos ferrocarriles de cremallera que aún quedan en Francia. El ‘Petit train’, como se le conoce popularmente en la zona, consigue salvar el desnivel de 736 metros que le separa de la cima de la montaña, asciende hacia la cumbre a una velocidad de 8 kilómetros por hora y alcanza los 905 metros de altitud. Este histórico ferrocarril del Pirineo, que se mantiene tal y como fue creado, celebra su nonagésimo aniversario.

Inaugurado en 1924, salva en poco más de 30 minutos la distancia que separa la base de la mítica cima del País Vasco francés, a unos 8 kilómetros por hora, la misma velocidad con la que se inauguró el servicio y de la que tan orgullosos se mostraron los lugareños el día de su inauguración. Los vagones son prácticamente los mismos que nacieron con el convoy, fabricados con material de la región como abeto de los Pirineos, pino de Las Landas, castaño de Ariège y madera de Iroco. Los coches han sido restaurados en varias ocasiones, incluso hay algunos nuevos de 1996, pero todos guardan la estética de principios de siglo.

Situado entre los pueblos de Ascain y Sara, a unos diez kilómetros de San Juan de Luz, está enclavado en uno de los parajes más entrañables de la región, que enamoró a personajes tan diferentes como Napoleón III y Eugenia de Montijo, EduardoVII y Wiston Churchill, Pierre Loti y Luis Mariano, Pedro Axular y el antropólogo Joxe Miguel Barandirán. Una zona pobladas de leyendas y cuevas de brujas, además de ruta de contrabandistas.

Todo el material que se utiliza en ‘le petit train’ es de época. Aunque en mayo de 1996, se incorporaron dos nuevos coches, estos en realidad fueron fabricados de la misma forma que en 1924 por la empresa Etablissements Soulé de Bagnères de Bigorre. Dos empresas locales, Barland y Telletchea, colaboraron también en la restauración. La mecánica Barland de Bayona, que posee los planos originales de los vagones, se encargó de la restauración de los órganos de rodamiento y del chasis, operaciones que ocuparon a sus operarios artesanos y especializados más de 1.000 horas de trabajo. La carpintería Telletchea de Ascain repasó a conciencia toda la estructura de los coches, para lo que utilizó las mismas maderas que en 1924: el techo en pino de Pirineos; el suelo en pino de Las Landas; las láminas en castaño de Ariège; la plataforma en iroco, madera imputrescible originaria de África. Otras mil horas de mimada labor de los artesanos y carpinteros.

Este pequeño tren cremallera concita cada año a miles de turistas, y en sus bellos parajes coinciden excursionistas, montañeros y aficionados al ferrocarril. Los precios (ida y vuelta) oscilan entre los 14 y los 17 euros para los adultos y los 8 y 10 euros para niños, dependiendo de la temporada. Y hay que ir a la estación de San Ignacio con tiempo porque, dependiendo de la época, las colas pueden ser considerables. Y las circulaciones son cada media hora, por lo que la espera puede hacerse eterna.

Una vez se inicia la ascensión se atraviesan bosques de pinos y una vegetación abundantes, donde los pottokas viven en completa libertad, aunque es posible toparse con ovejas y ver el vuelo de los buitres. Y al llegar a la cumbre la vista muestra todo el esplendor del paisaje de la costa vasca. Hay quien asegura que es posible ver las siete territorios de Euskal Herria, las cimas de los Pirineos, las playas infinitas de las Landas y de la Costa Vasca, desde Biarritz hasta San Sebastián. El año pasado fueron 330.000 los visitantes, la mayor parte de ellos llegados desde Francia, España y Reino Unido. El tren de Larrun es el lugar más visitado de los Pirineos.

El tren de Larrun

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Últimos días de la temporada para el tren de Larrun, uno de los pocos ferrocarriles de cremallera que aún quedan en Francia. De marzo a noviembre, ‘le peti train’, como se le conoce en la zona, realiza desde hace 80 años el trayecto hasta el monte del mismo nombre, ubicado a 905 metros sobre el nivel del mar, desde donde aseguran que se pueden admirar los siete territorios vascos.

Inaugurado en 1924, el tren de Larrun (o la Rhune), salva en poco más de 30 minutos la distancia que separa la base de la mítica cima del País Vasco francés, a unos 8 kilómetros por hora, la misma velocidad con la que se inauguró el servicio y de la que tan orgullosos se mostraron los lugareños el día de su inauguración. Los vagones son prácticamente los mismos que nacieron con el convoy, fabricados con material de la región como abeto de los Pirineos, pino de Las Landas, castaño de Ariège y madera de Iroco. Los coches han sido restaurados en varias ocasiones, incluso hay algunos nuevos de 1996, pero todos guardan la estética de principios de siglo.
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