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¿Y dónde van a parar las heces y la orina del wáter que llevan los trenes?

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Ya sé que resulta un tanto escatalógico, pero no me digan que alguna vez no les ha asaltado esta curiosidad. La mayor parte de los pasajeros intenta evitar esta maniobra cuando viajan, pero hay veces que la necesidad obliga. Y no hay más remedio que pasar por ese requisito obligado. Y ahí precisamente nos asalta la pregunta de marras: ¿dónde van las heces?

En el Siglo de Oro la palabra retrete no evocaba nada desagradable. Covarrubias la definía así: “Aposento pequeño y recogido”. Para lo que resulta embarazoso mencionar, buscamos sin tardar eufemismos que suavicen la expresión. Aunque la suavidad de la expresión procede en realidad de su infrecuencia para ese uso. Oímos hoy la palabra letrina y nos da cierta repulsión. Pero el mismo Covarrubias explica que el vocablo que ahora tanto nos molesta sustituyó a otro término aún más repulsivo para nuestro intelecto, como es el de cagatorio “y por nombre más honesto salió latrina”. Este ‘latrina’ era el modo fino y educado, más delicado con que en el siglo XVII se nombraba el lugar donde se evacuaba el viente; y vemos ahora cómo nos suena. No digamos ya en pleno siglo XXI donde lo suave es hablar de water o excusado, baños o servicio.

Y si las palabras resultan llamativas, no digamos ya el lugar dispuesto en los transportes para este tipo de operaciones. Los baños del tren, como los del avión, son habitáculos minúsculos. Como si nos avergonzáramos de que estos dispositivos se expongan a la vista. Pero a ver quién es el guapo que aguanta un largo viaje sin visitar estas dependencias. No sé cómo podrán sentirse los jugadores de baloncesto en estos dispensarios, pero siendo la mitad que ellos, el común de los mortales siente cuando menos bastante incomodidad en el uso. Como si no resultara ya bastante vergonzoso el paseo por delante de todo el pasaje hacia el estrecho agujero dispuesto en uno de los extremos del coche. Sobre todo, cuando queda en dirección opuesta al vehículo-cafetería. Donde resulta meridianamente claro cuál es el camino.

Quizá lo hayamos olvidado. O no lo vivimos. En los años 50 60 e incluso 70, las heces iban directamente a la vía. Por eso se ‘recomendaba’ no utilizar los ‘lavabos’ (otro eufemismo) en las estaciones del trayecto. No quiero imaginarme lo que sucedía cuandos algún viajero se veía obligado a utilizarlos impelido por la necesidad. Ene épocas más recientes, al menos, este problema se ha solventado. Ahora las heces de las que uno se desprende en mitad del viaje permanecen en el interior de un depósito, ubicado en una zona inacecesible del tren. El wc está conectado con el depósito que recoge los excrementos y se vacía periódicamente en la estación terminal.

La propia web de Renfe recoge el sistema de evacuación de heces y orina: “Todos los wc son de vacío y cuentan con un reactor bacteriológico de forma que la retirada de residuos se realiza cada sesenta días“. Esto significa que los depósitos permanecen sin tocar cerca de dos meses, pero gracias a un compuesto químico se facilita su eliminación. Lo que nadie ha explicado es cómo y dónde se depositan esos líquidos donde se han disuelto las heces.